lunes, 13 de junio de 2016



Ya no hay caminos
Los cegamos
Tampoco estelas
La mar separa
Ciega el salitre aleja ahoga
El amor
Dos mares no se abrazan
Entierran
Sueños mujeres exhaustas niños
Que nacieron en el fondo
Ahogados
Como nuestro corazón
PREGUNTAS

Me agradaría preguntarte
Desde un móvil
Cuando desciende la noche y me perturba
Quién te amó durante el día
Qué nuevas cimas escalaste
Cómo te sentiste de bella y deseada
Y confundir la quietud de las estrellas muertas
Con una paz milenaria de sabios y dioses
Mas no olvido que la quietud corre
Por mi sangre a la velocidad del valium
Y he de dormir rápido apresurado torpe infeliz
Antes de que mis riñones lo excreten y la noche torne
Noche
Cierre así los ojos una vez más
Sin hacer preguntas
HARLEY DAVIDSON BEACH
(O la motocicleta varada )


Yerta ciega esfinge
Colgada
De la duna absurdo polifemo
Devora
El alma de ocèano insalvable
Lamidas las caricias los besos
Un coito
Que alguna vez fue y corroe
Oxida la vida inane
El alma de océano insalvable
Tan varada como sumisa
La amante
Que siguió el rastro de tus manos
Hasta el mar de alma insalvable
Sobre la arena
Reventado el corazón de metal
Mira y mira ciega sin cesar
El océano que te protege
De su faro ciego y mi ojo roto
Microrrelato 2

Cuando le devolvió el libro diciéndole que no existen las historias interminables e iba protestar por su pesimismo, se quedó con la boca abierta al verla darse la vuelta y meterse en un Ferrari con un tipo más feo que él.

fotografías

FOTOGRAFÍAS INOPORTUNAS



Llevaban 39 años juntos. Mal que bien ahí seguían. Una tarde, cuando ella fue a recoger unas llaves del cajón de la mesilla de noche, se percató de una presencia nueva e inoportuna. Desde el marco, le observaba su suegro, fallecido muchos años atrás.


Presa de la ira, ni siquiera se percató de que era una caricatura de su suegro. Menos aún, de que ni siquiera era el dibujo original, sino una fotocopia enmarcada de la caricatura de su suegro.Fue a pedirle explicaciones a su marido.De nada valieron ni su enfado ni la expresión del desasosiego que le producia dormir bajo la mirada de aquel muñeco.


Pero no quiso resignarse a ceder un milímetro más en su autoestima y ya que no podría maniobrar a su libre albedrío a partir de entonces en su lecho, colocó en la otra mesilla justo enfrente del grave rostro caricaturizado, el retrato de una mujer enlutada y risueña tambien muerta, aunque cincuenta años atrás.


Su madre.
DESAYUNO EN PAZ
No se miraban nunca, una vez que las tostadas, la mermelada, la miel, la mantequilla y el café, con su jarrita de leche al lado, ocupaban la mesa del comedor. Fue una imposición de él que estaba cansado de sufrir los accesos de mal humor matinal de su mujer cada vez que le preguntaba algo o sacaba un tema trivial de conversación. En realidad, la norma había sido acatada tan rápidamente y tan de buen grado que parecía haber sido deseada desde el comienzo por ella. Ambos se enfrascaban en sus respectivas pantallitas, sonreían, fruncían a veces el ceño, tecleban con el pulgar de una mano mientras con la otra se llevaban la taza o la tostada a la boca.
Pero aquella mañana ella no había encendido su móvil. Ni él tampoco. Y se miraban a los ojos, de forma tranquila, concienzuda, triste quizá. Ella esbozó una sonrisa corta. La de él se quedó a medias. Un observador muy atento quizá habría notado que el rimmel del ojo derecho de la mujer se había desplazado mínimamente.
Ella se levantó y salió diciéndole que tengas buena mañana, cariño. La vio cerrar la puerta, admirando su perfecto contorneo de caderas obligado por los zapatos de tacón. Cerró brevemente los ojos y pensó que era una forma inusual de decirse adiós, para siempre.
Ya en su consulta, con el bloc de notas en la mano, oyó decir a su primer paciente, tumbado en el diván: 'Mi matrimonio hace aguas, doctor.'
Las Tribulaciones de Fernando Villamores.


A Fernando lo conocí por puro azar. Uno de esos regalos de la vida cuando uno está atento y con ganas de recibirlos. Yo necesitaba ese día una cerveza y calor humano alrededor. Justo del que carecía en interiormente. Tuve ganas irreflexivas de un cigarrillo, pero no tenía tabaco, de modo que me arriesgué a una mala cara o la negativa pura y simple y pedí uno a un hombre algo mayor que yo, vestido impecablemente con un traje de lino. Me lo dio amablemente y, adelantándose a mi circunstancial indigencia, me adelantó la llama de un Flaminaire de oro, mientras me dama la otra mano. ´Soy Fernando, Fernando Villamores´. Me presenté yo a mi vez y, con la fachada de la catedral por testigo mudo fueron cayendo las jarras de cerveza y una charla cada vez más fluida, hasta que las lenguas se volvieron estropajosas a causa del alcohol. Hacía tiempo que yo no me sinceraba con un desconocido, pero Villamores tenía oficio y, creo que sin pretenderlo siquiera, me hizo hablar. En realidad asistimos, hasta que nos nubló la mente y nos echaron de la terraza, a un toma y daca de confidencias que, para cualquier observador imparcial, eran incongruentes pero que siguieron el hilo lógico de las personas que se entienden. Huelga decir que una crisis de cuarentena como la que yo atravesaba carece del menor interés, por lo vulgar y repetida.
No es el momento de entrar en detalles, pero supe enseguida, sin embargo que, a medida que se le caían las defensas, tras las arrugas que le surcaban la frente se escondían muchas historias oídas, transcritas y publicadas y una mancha oscura que pugnaba por aflorar, pero que se componía de frases inconexas y referencias continuas al templo que teníamos delante. Una historia que ahora, como un estúpido, he podido comprender al leer la reseña del libro que cuenta aquel horrible crimen y sus secuelas. Tuve delante a un hombre guapo y a punto del derrumbamiento en lucha con sus propia necesidad de quitarse definitivamente un peso de encima y, sin embargo, tras recorrer una parte de la calle abrazados para no caernos, lo dejé marchar algo encorvado, con su sombrero panamá en total desaliño dejando que los faroles reflejaran su luz anaranjada sobre el traje color crudo.

He seguido gozando de su amistad durante años, pero sé que, en el fondo y como buen periodista, me mira con cierta conmiseración por haber dejado escapar la historia de mi vida.